sábado, 16 de febrero de 2013

El Evento





Un brochazo de pintura roja, infinitos trazos de carmín, y motas que iban desde amarillo hasta azul. Rosa, naranja y verde por un lado; violeta, ámbar y negro por el otro. Un toque de beige, otro de plateado,  y el cuadro estuvo listo. El lienzo blanco, estampado en la pared y sostenido por un armazón de madera, había terminado lleno de colores que se movían y estallaban ofreciendo infinitas posibilidades al ojo imaginativo.

Ignacio Malkinovich; un muchacho de veintiocho años, rubio, alto y de ojos color avellana; se apartó de su obra cubierto de óleos, con las ropas arruinadas y transpirando. Luego suspiró satisfecho, rodó los hombros, sacudió los brazos y recién entonces salió de la nube de concentración en la se había sumergido. Se limpió los dedos con un pedazo de tela que había recogido y finalmente reconoció la existencia de otra persona en la habitación

-¿No es una obra de arte maravillosa? El juego de los colores, las formas, los significados ¡El brillo! Un espacio de caos y armonía a la vez.

-¿Estás admirando tu propio trabajo o realmente quieres mi respuesta?- Preguntó escéptico su interlocutor. Un muchacho de veintiséis, con cabello castaño, de ojos verdes y más bajo que Ignacio.

-¿De qué podría servirme tu opinión? No tienes la más mínima sensibilidad artística.

-¡Claro que sí! Aprecio el arte y por eso debo decirte que tu lienzo parece haber chocado con un arcoíris, o éste seguramente vomito en él.

-¡A eso me refiero! Harías bien en introducir algo de cultura artística en esa cabeza tuya, Arthur. Dios sabe que lo necesitas.

-Tengo bastante cultura artística como para saber que eso, allí, no es arte. Y aún así, no he venido hasta aquí para escuchar tus soliloquios.

-Cierto, tu asunto ¿No es así? Bien, habla que te escucho.

-¿Me ayudarás?

-Eso está por verse, ni siquiera se de que se trata. Podría muy bien ser otro de tus eventos, y no tengo tiempo para ellos.

-¡No estás siendo justo! Sabes que yo te ayudaría no importa lo que fuera.

-Difícilmente algo en la vida es justo, teniendo eso en cuenta encontrarías que yo soy un gran ejemplo. Soy un artista, el mejor en lo que hago debo decir. Me rijo por el egoísmo.

-Tu trabajo no tiene nada que ver, eres egoísta por naturaleza.

-Y deberías recordarlo.

Arthur suspiró y refregó sus ojos pesadamente. Estaba cansado y no tenía paciencia en ese momento para lidiar con todo lo que Ignacio Malkinovich era.  Lo observó arrojar el trapo con el que se había limpiado en la mesa del comedor que a su vez estaba llena de pintura, broches, papeles libros y hasta había ahí el viejo puño de un bastón.

-Mira, sé que los eventos de gala no son lo tuyo, pero te necesito allí. Un vendedor llevara un par de grabados que me gustaría verificar.

-Quieres saber si son originales o no.

-Exacto- Y en ese momento Ignacio volteó a verlo condescendientemente, él no había hecho una pregunta-Han estado contrabandeando auténticos Hokusai,  y pensamos que podrían intentarlo con este evento.

-Así que me necesitas por mi conocimiento artístico
Arthur suspiro exasperadamente por segunda vez-Si.

-No preguntaba, pero es bueno escucharlo. Acepto. Después de todo podría ser una noche interesante. Ahora ¡Vete! Debo comenzar un nuevo cuadro ¡Oh, Las ideas! ¡Las imágenes! ¡La musa inspiradora no conoce descanso amigo mío!

Ignacio entonces se dio vuelta, y enfocándose en una tela tan blanca como había sido la anterior, volvió a perderse entre colores y bocetos murmurando incoherencias. Arthur se mantuvo firme en el mismo lugar y con un preocupante tic en el ojo izquierdo. Luego de un par de respiraciones profundas salió del departamento que su amigo alquilaba en la parte sur de la ciudad. Mientras bajaba las escaleras  reparó en el nuevo modelo de Armani que Ignacio llevaba puesto. No sería ninguna maravilla que sólo se lo pusiera para ensuciarlo y, de esa manera, ofender al patriarca de los Malkinovich. Después de todo, Malkinovich Teodoro Tercero tenía una obvia predilección por trajes de esa marca. Y el antagonismo que hijo y padre sostenían no era desconocido. Siempre buscando ofender, de alguna manera, al otro acudían a los recursos más ingeniosos y más ridículos.

Ya en la puerta de salida, el joven abogado saludo a los Sres.  Neligan, y les dejó la invitación para su amigo.

-Es la entrada para el evento-explicó-Por favor asegúrense de que sepa cuando y donde es. Con  el desorden que hay ahí arriba no querría que la perdiera.

El Sr. Neligan, un hombre bonachón, compacto y de rasgos marcadamente irlandeses, le prometió entre risas que lo harían. La mujer por otro lado, arrugó los azules ojos, frunció el ceño y con una mueca de desprecio en su boca murmuró una afirmación.

Arthur se marchó calle abajo acompañado aún por los juguetones niños de la pareja, tan pelirrojos como sus padres. Una vez en el auto que había dejado cuadras atrás, llamó a su hermano, Albert, y le aseguró que podían quedarse tranquilos. La presencia de Ignacio y la policía evitaría un disgusto en el campo artístico que tanto frecuentaban, nada habría de salir mal.

Dos noches después Arthur, Albert e Ignacio se encontraban sentados en la Guardia Médica del Hospital Von Wagner sin muchas más heridas que un par labios rotos, ojos negros y tres trajes sin reparo. Ignacio era el único que sonreía satisfecho mientras miraba sus ropas y heridas. El trío había pasado de un evento artístico de etiqueta, a ser atendidos por los enfermeros de turno, mientras que dos policías les tomaban las declaraciones. Más allá, en el pasillo del hospital, el vendedor de los grabados los esperaba para exigir el resarcimiento que le correspondía por cuatro de las cinco xilografías que tenía en venta.  Cabe agregar que Arthur no era el comprador de tres de dichas obras.

Los grabados habían sido copias legítimas, si, e Ignacio las había reconocido como tal. Hasta ese momento toda la velada había marchado bien, y prometía un cierre tranquilo. Sin embargo, cuando Ignacio Malkinovich estrelló su puño en la cara de un invitado, todo se salió de control. La pelea escaló rápidamente y, en poco tiempo, había ya un grupo riñendo mientras que la mayoría de la gente huía. Cuando la policía detuvo a todos los involucrados, se descubrió que las obras habías sido destruidas, que casi todos los participantes del altercado eran ladrones, y que estos últimos pretendían robar las copias que habían confundido por verdaderas. El resultado final contó con policías esparcidos en todo el lugar, un vendedor histérico, un evento arruinado, un grupo de siete ladrones bajo custodia e Ignacio, Arthur y Albert en medio de todo.

Una vez apaciguado el vendedor y satisfechos los agentes, se dejó ir a los tres caballeros. El primero en hablar, al momento en que subieron al auto, fue Arthur.

-Debí saber que contigo presente nada es fácil. O normal.-dijo dirigiéndose a Ignacio.

-De no ser por mí, esos ladrones se hubieran robado las pinturas un momento después de que las compraras.-

-Si no hubiera sido por ti, nos hubiéramos ahorrado todo el lío. ¿Por qué no alertaste al policía más cercano en vez de golpear al primer ladrón a distancia de un puño?-

 -No creo que hubiera entendido la gravedad del asunto- Respondió restándole importancia al hecho.
Arthur miró a su amigo con una mezcla de incredulidad y enojo pintada en su rostro y antes de iniciar una rencilla más se distrajo con otra pregunta.

-Si hubieran tenido éxito, se habrían decepcionado al encontrarse con las copias legítimas, en cuenta de los originales que habían ido a buscar. Pero ¿Qué tipo de ladrones no estudiaría su objetivo antes de ejecutar un robo?

-Simples novatos.
-Los idiotas.

Contestaron al mismo tiempo, Albert e Ignacio, sin dar muestra de haberse escuchado el uno al otro.

-Podrían haberse equivocado pensando que era otra muestra ¿No es así?

-O tal vez ni siquiera pensaron-respondió Albert, esta vez apoyado por Ignacio con un asentimiento de cabeza.

Mientras el auto se abría paso en las calles zigzagueantes rumbo al departamento de Ignacio, Albert observo a su hermano y a su amigo pelear por el grado de culpabilidad de cada uno en la pelea reciente. Según Arthur la culpa de Ignacio era casi completa, ya que si hubiera hablado en vez de golpear primero, tal vez todos se habrían ahorrado un poco de energía, y vendas esterilizadas. Según Ignacio de no haber sido por Arthur el no habría asistido en primer lugar, era por lo tanto pura y completamente culpa del abogado. Albert rodó los ojos.

-Una simple pregunta hermanito ¿Cómo es que te arreglas para conseguir los amigos más desequilibrados y bizarros?

Arthur miró entre su hermano y su amigo, analizándolos y comparándolos.

-Supongo que es un don, además Ignacio y Francesco también son tus amigos-Respondió al fin, encogiéndose de hombros casualmente y acomodándose más en el asiento del coche. Albert arqueo una ceja y luego paso su vista a Ignacio, quien le dirigió una sonrisa arrogante. Y es que a pesar de todo Arthur tenía razón, por lo que Albert ahora se preguntaba como hicieron para terminar con dos locos como mejores amigos y seguir aún cuerdos. Entre un pintor ridículamente egocéntrico y un poeta exageradamente dramático, era un milagro conservar algo de juicio.

Después de cinco minutos de silencio Albert volvió a hablar, esta vez dirigiéndose a Ignacio.

-En vista de que somos amigos, puedo decir que te conozco lo suficiente para saber que harías cualquier cosa por ser el centro de atención.-Ignacio sonrió nuevamente-Sin embargo,esta vez, tu ego te ha superado ¿Qué absurda lógica te hizo pensar que podías atrapar a un grupo de ladrones tú solo?

El auto volvió a quedar en completo silencio mientras ambos hermanos esperaban la respuesta, probablemente tonta, del pintor. Éste, a su vez, los miro confundido para luego explicarles en su típico tono indulgente.

-Me amo demasiado como para siquiera pensar en lo que estás sugiriendo. No empecé la pelea por eso. El muy idiota se había atrevido a considerar el trabajo de Umberto Boccioni como una “aburrida cosa de niños”. Yo le devolví el favor al arreglarle la cara. Claro que cuando resultó ser uno de los ladrones, más precisamente el cabecilla, no pude evitar pensar que esto me ganaría una reputación aún más grande en cualquier círculo.

Ignacio siguió hablando de forma petulante sobre pinturas, calles y cualquier cosa que se le ocurriera en el momento, como hacía a menudo después de dejar a la mayoría de sus amigos atontados. Un minuto después, ambos hermanos recuperaron la capacidad de habla y se sumaron a la charla. Al fin y al cabo, era muy posible que todos hubieran perdido la cordura hace bastante tiempo atrás sin siquiera notarlo.


Idea Original © Saraí Hoyos 
Texto © Saraí Hoyos

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