Un brochazo de pintura roja, infinitos
trazos de carmín, y motas que iban desde amarillo hasta azul. Rosa, naranja y
verde por un lado; violeta, ámbar y negro por el otro. Un toque de beige, otro
de plateado, y el cuadro estuvo listo.
El lienzo blanco, estampado en la pared y sostenido por un armazón de madera,
había terminado lleno de colores que se movían y estallaban ofreciendo
infinitas posibilidades al ojo imaginativo.
Ignacio Malkinovich; un muchacho de veintiocho años, rubio, alto y de ojos color avellana; se apartó de su obra cubierto de óleos, con las ropas arruinadas y transpirando. Luego suspiró satisfecho, rodó los hombros, sacudió los brazos y recién entonces salió de la nube de concentración en la se había sumergido. Se limpió los dedos con un pedazo de tela que había recogido y finalmente reconoció la existencia de otra persona en la habitación
-¿No es una obra de arte maravillosa? El
juego de los colores, las formas, los significados ¡El brillo! Un espacio de
caos y armonía a la vez.
-¿Estás admirando tu propio trabajo o
realmente quieres mi respuesta?- Preguntó escéptico su interlocutor. Un
muchacho de veintiséis, con cabello castaño, de ojos verdes y más bajo que
Ignacio.
-¿De qué podría servirme tu opinión? No
tienes la más mínima sensibilidad artística.
-¡Claro que sí! Aprecio el arte y por eso
debo decirte que tu lienzo parece haber chocado con un arcoíris, o éste
seguramente vomito en él.
-¡A eso me refiero! Harías bien en
introducir algo de cultura artística en esa cabeza tuya, Arthur. Dios sabe que
lo necesitas.
-Tengo bastante cultura artística como para
saber que eso, allí, no es arte. Y aún así, no he venido hasta aquí para
escuchar tus soliloquios.
-Cierto, tu asunto ¿No es así? Bien, habla
que te escucho.
-¿Me ayudarás?
-Eso está por verse, ni siquiera se de que
se trata. Podría muy bien ser otro de tus eventos, y no tengo tiempo para
ellos.
-¡No estás siendo justo! Sabes que yo te
ayudaría no importa lo que fuera.
-Difícilmente algo en la vida es justo,
teniendo eso en cuenta encontrarías que yo soy un gran ejemplo. Soy un artista,
el mejor en lo que hago debo decir. Me rijo por el egoísmo.
-Tu trabajo no tiene nada que ver, eres
egoísta por naturaleza.
-Y deberías recordarlo.
Arthur suspiró y refregó sus ojos pesadamente.
Estaba cansado y no tenía paciencia en ese momento para lidiar con todo lo que
Ignacio Malkinovich era. Lo observó
arrojar el trapo con el que se había limpiado en la mesa del comedor que a su
vez estaba llena de pintura, broches, papeles libros y hasta había ahí el viejo
puño de un bastón.
-Mira, sé que los eventos de gala no son lo
tuyo, pero te necesito allí. Un vendedor llevara un par de grabados que me
gustaría verificar.
-Quieres saber si son originales o no.
-Exacto- Y en ese momento Ignacio volteó a
verlo condescendientemente, él no había hecho una pregunta-Han estado contrabandeando
auténticos Hokusai, y pensamos que
podrían intentarlo con este evento.
-Así que me necesitas por mi conocimiento
artístico
Arthur suspiro exasperadamente por segunda
vez-Si.
-No preguntaba, pero es bueno escucharlo.
Acepto. Después de todo podría ser una noche interesante. Ahora ¡Vete! Debo
comenzar un nuevo cuadro ¡Oh, Las ideas! ¡Las imágenes! ¡La musa inspiradora no
conoce descanso amigo mío!
Ignacio entonces se dio vuelta, y enfocándose
en una tela tan blanca como había sido la anterior, volvió a perderse entre
colores y bocetos murmurando incoherencias. Arthur se mantuvo firme en el mismo
lugar y con un preocupante tic en el ojo izquierdo. Luego de un par de
respiraciones profundas salió del departamento que su amigo alquilaba en la
parte sur de la ciudad. Mientras bajaba las escaleras reparó en el nuevo modelo de Armani que
Ignacio llevaba puesto. No sería ninguna maravilla que sólo se lo pusiera para
ensuciarlo y, de esa manera, ofender al patriarca de los Malkinovich. Después
de todo, Malkinovich Teodoro Tercero tenía una obvia predilección por trajes de
esa marca. Y el antagonismo que hijo y padre sostenían no era desconocido.
Siempre buscando ofender, de alguna manera, al otro acudían a los recursos más
ingeniosos y más ridículos.
Ya en la puerta de salida, el joven abogado
saludo a los Sres. Neligan, y les dejó
la invitación para su amigo.
-Es la entrada para el evento-explicó-Por
favor asegúrense de que sepa cuando y donde es. Con el desorden que hay ahí arriba no querría que
la perdiera.
El Sr. Neligan, un hombre bonachón,
compacto y de rasgos marcadamente irlandeses, le prometió entre risas que lo
harían. La mujer por otro lado, arrugó los azules ojos, frunció el ceño y con
una mueca de desprecio en su boca murmuró una afirmación.
Arthur se marchó calle abajo acompañado aún
por los juguetones niños de la pareja, tan pelirrojos como sus padres. Una vez
en el auto que había dejado cuadras atrás, llamó a su hermano, Albert, y le
aseguró que podían quedarse tranquilos. La presencia de Ignacio y la policía
evitaría un disgusto en el campo artístico que tanto frecuentaban, nada habría
de salir mal.
Dos noches después Arthur, Albert e Ignacio
se encontraban sentados en la Guardia Médica del Hospital Von Wagner sin muchas
más heridas que un par labios rotos, ojos negros y tres trajes sin reparo.
Ignacio era el único que sonreía satisfecho mientras miraba sus ropas y heridas.
El trío había pasado de un evento artístico de etiqueta, a ser atendidos por
los enfermeros de turno, mientras que dos policías les tomaban las
declaraciones. Más allá, en el pasillo del hospital, el vendedor de los
grabados los esperaba para exigir el resarcimiento que le correspondía por
cuatro de las cinco xilografías que tenía en venta. Cabe agregar que Arthur no era el comprador
de tres de dichas obras.
Los grabados habían sido copias legítimas,
si, e Ignacio las había reconocido como tal. Hasta ese momento toda la velada
había marchado bien, y prometía un cierre tranquilo. Sin embargo, cuando
Ignacio Malkinovich estrelló su puño en la cara de un invitado, todo se salió
de control. La pelea escaló rápidamente y, en poco tiempo, había ya un grupo riñendo
mientras que la mayoría de la gente huía. Cuando la policía detuvo a todos los
involucrados, se descubrió que las obras habías sido destruidas, que casi todos
los participantes del altercado eran ladrones, y que estos últimos pretendían
robar las copias que habían confundido por verdaderas. El resultado final contó
con policías esparcidos en todo el lugar, un vendedor histérico, un evento
arruinado, un grupo de siete ladrones bajo custodia e Ignacio, Arthur y
Albert en medio de todo.
Una vez apaciguado el vendedor y
satisfechos los agentes, se dejó ir a los tres caballeros. El primero en hablar,
al momento en que subieron al auto, fue Arthur.
-Debí saber que contigo presente nada es
fácil. O normal.-dijo dirigiéndose a Ignacio.
-De no ser por mí, esos ladrones se
hubieran robado las pinturas un momento después de que las compraras.-
-Si no hubiera sido por ti, nos hubiéramos
ahorrado todo el lío. ¿Por qué no alertaste al policía más cercano en vez de
golpear al primer ladrón a distancia de un puño?-
-No
creo que hubiera entendido la gravedad del asunto- Respondió restándole
importancia al hecho.
Arthur miró a su amigo con una mezcla de
incredulidad y enojo pintada en su rostro y antes de iniciar una rencilla más
se distrajo con otra pregunta.
-Si hubieran tenido éxito, se habrían
decepcionado al encontrarse con las copias legítimas, en cuenta de los
originales que habían ido a buscar. Pero ¿Qué tipo de ladrones no estudiaría su
objetivo antes de ejecutar un robo?
-Simples novatos.
-Los idiotas.
Contestaron al mismo tiempo, Albert e
Ignacio, sin dar muestra de haberse escuchado el uno al otro.
-Podrían haberse equivocado pensando que era otra muestra ¿No es así?
-O tal vez ni siquiera pensaron-respondió
Albert, esta vez apoyado por Ignacio con un asentimiento de cabeza.
Mientras el auto se abría paso en las
calles zigzagueantes rumbo al departamento de Ignacio, Albert observo a su
hermano y a su amigo pelear por el grado de culpabilidad de cada uno en la
pelea reciente. Según Arthur la culpa de Ignacio era casi completa, ya que si
hubiera hablado en vez de golpear primero, tal vez todos se habrían ahorrado un
poco de energía, y vendas esterilizadas. Según Ignacio de no haber sido por
Arthur el no habría asistido en primer lugar, era por lo tanto pura y
completamente culpa del abogado. Albert rodó los ojos.
-Una simple pregunta hermanito ¿Cómo es que
te arreglas para conseguir los amigos más desequilibrados y bizarros?
Arthur miró entre su hermano y su amigo,
analizándolos y comparándolos.
-Supongo que es un don, además Ignacio y
Francesco también son tus amigos-Respondió al fin, encogiéndose de hombros
casualmente y acomodándose más en el asiento del coche. Albert arqueo una ceja
y luego paso su vista a Ignacio, quien le dirigió una sonrisa arrogante. Y es
que a pesar de todo Arthur tenía razón, por lo que Albert ahora se preguntaba
como hicieron para terminar con dos locos como mejores amigos y seguir aún
cuerdos. Entre un pintor ridículamente egocéntrico y un poeta exageradamente
dramático, era un milagro conservar algo de juicio.
Después de cinco minutos de silencio Albert
volvió a hablar, esta vez dirigiéndose a Ignacio.
-En vista de que somos amigos, puedo decir que te conozco lo suficiente para saber que harías cualquier cosa por ser el centro de atención.-Ignacio sonrió nuevamente-Sin embargo,esta vez, tu ego te ha superado ¿Qué absurda lógica te hizo pensar que podías atrapar
a un grupo de ladrones tú solo?
El auto volvió a quedar en completo
silencio mientras ambos hermanos esperaban la respuesta, probablemente tonta,
del pintor. Éste, a su vez, los miro confundido para luego explicarles en su
típico tono indulgente.
-Me amo demasiado como para siquiera pensar
en lo que estás sugiriendo. No empecé la pelea por eso. El muy idiota se había
atrevido a considerar el trabajo de Umberto Boccioni como una “aburrida cosa de
niños”. Yo le devolví el favor al arreglarle la cara. Claro que cuando resultó
ser uno de los ladrones, más precisamente el cabecilla, no pude evitar pensar
que esto me ganaría una reputación aún más grande en cualquier círculo.
Ignacio siguió hablando de forma petulante
sobre pinturas, calles y cualquier cosa que se le ocurriera en el momento, como
hacía a menudo después de dejar a la mayoría de sus amigos atontados. Un minuto
después, ambos hermanos recuperaron la capacidad de habla y se sumaron a la
charla. Al fin y al cabo, era muy posible que todos hubieran perdido la cordura
hace bastante tiempo atrás sin siquiera notarlo.
Idea Original © Saraí Hoyos
Texto © Saraí Hoyos
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