Un brochazo de pintura roja, infinitos
trazos de carmín, y motas que iban desde amarillo hasta azul. Rosa, naranja y
verde por un lado; violeta, ámbar y negro por el otro. Un toque de beige, otro
de plateado, y el cuadro estuvo listo.
El lienzo blanco, estampado en la pared y sostenido por un armazón de madera,
había terminado lleno de colores que se movían y estallaban ofreciendo
infinitas posibilidades al ojo imaginativo.
Ignacio Malkinovich; un muchacho de veintiocho años, rubio, alto y de ojos color avellana; se apartó de su obra cubierto de óleos, con las ropas arruinadas y transpirando. Luego suspiró satisfecho, rodó los hombros, sacudió los brazos y recién entonces salió de la nube de concentración en la se había sumergido. Se limpió los dedos con un pedazo de tela que había recogido y finalmente reconoció la existencia de otra persona en la habitación