sábado, 16 de febrero de 2013

El Evento





Un brochazo de pintura roja, infinitos trazos de carmín, y motas que iban desde amarillo hasta azul. Rosa, naranja y verde por un lado; violeta, ámbar y negro por el otro. Un toque de beige, otro de plateado,  y el cuadro estuvo listo. El lienzo blanco, estampado en la pared y sostenido por un armazón de madera, había terminado lleno de colores que se movían y estallaban ofreciendo infinitas posibilidades al ojo imaginativo.

Ignacio Malkinovich; un muchacho de veintiocho años, rubio, alto y de ojos color avellana; se apartó de su obra cubierto de óleos, con las ropas arruinadas y transpirando. Luego suspiró satisfecho, rodó los hombros, sacudió los brazos y recién entonces salió de la nube de concentración en la se había sumergido. Se limpió los dedos con un pedazo de tela que había recogido y finalmente reconoció la existencia de otra persona en la habitación